24/02/11

Martes

Lara se levantó de la cama. El despertador no había funcionado y se había quedado dormida. Era demasiado tarde para ir a la primera clase. Esperaría a la segunda, y para eso quedaban aún dos horas. Podía retozar un poco más.

Al cabo de 20 minutos, puso el pie izquierdo en el frío suelo de madera, y luego el otro. Se levantó canturreando, como siempre, pero no siempre la misma canción. Hoy tenía en la cabeza un jingle publicitario que no dejaban de repetir en televisión. Era una versión de una canción de un grupo conocido, pero mucho más tierna –la cantaban niños- y sentimental, aunque ella prefería la voz masculina melancólica de la original.

No le importaba decir que su grupo favorito era uno de esos británicos del momento, que se esfuerzan por hacer música “de calidad”, de esa que imita a lo de antes para contrarrestar que el siglo XXI está lleno de sonidos fusionados menos definidos y más distorsionados. No le importaba, porque sabía que así sería socialmente mejor aceptada por el bando que a ella le interesaba conservar, al que admiraba, pero al que menos se parecía.

Le gustaban los grupos brit, pero tampoco le importaba reconocer que tenía el último disco de radiofórmulas, y que se había gastado en uno de esos discos más de lo que ganaba en un día completo de trabajo porque le daba pereza buscar lo más descargado en Internet. También es verdad que no ganaba mucho. También que le sobraba mucha vagancia.

Escuchaba ese brit pasteloso, pero también salsa, pop ochentero y punk-rock melódico. Esa era la palabra: melódico. Le gustaba todo lo melodioso, todo lo que pudiera ser canturreado después, y las canciones que se pudieran recordar fácilmente. Luego las reproducía en el piano. No es que supiera tocarlo, de hecho, sólo tocaba con dos dedos y nunca las dos manos a la vez, pero con eso apañaba algunas tardes y ciertas tendencias artísticas no resueltas en la infancia.

No era de esas personas que dicen que escuchan “de todo”, porque no era así. El jazz no le gustaba, ni el rock and roll. Tampoco el canto gregoriano, y eso que ahora era muy fácil descargarse los grandes éxitos de todos los tiempos. No le gustaba el metal, tampoco el dance. Entre tanta oferta, por llamarlo de alguna manera porque era gratis, no sabía si era más difícil elegir que antes.

Hacía unos años, para saber cómo sonaba un disco, tenía que fiarse de los singles que salían en la radio, y a veces ni eso. También podía ir a alguna grande superficie y ponerse unos cascos grandes negros e ir probando cada track durante 30 segundos. Tenía su encanto, y más ahora que todo se hacía desde la soledad de casa.

Es muy cómodo eso de tener todo a un click, se dice, pero no sabía hasta qué punto compensaba. Echaba de menos esos paseos por la capital, esas escuchas que le ocupaban toda una tarde para luego tener que tomar una decisión por un presupuesto limitado a una paga adolescente. Y echaba de menos esos cascos negros que, en palabras de su madre, podían tener roña orejosa de un montón de gente.

Bendita roña, qué de recuerdos de adolescencia, sin aditivos, con supuestas grandes decisiones por tomar, y con dos duros que le duraban del viernes al martes. Los martes, sin esos viajes express, sin esos cascos, sin esas largas distancias, no volverían a ser los mismos.

2 comentarios:

La Chica de Rojo dijo...

¡Qué difícil decisión la de escoger un sólo disco para comprar!

Los centros comerciales ya tampoco son lo mismo sin esos cascos roñosos! ;)

Un billete para Nunca Jamás dijo...

Deberías cambiar el nombre de tu blog por "the happy side of daily things" (más una sonrisa, ya sabes, dos puntos paréntesis jaja).