24/11/10

Lunes

Lara se levantó de la cama. Pisó el frío suelo con el pie izquierdo, pero no se dio cuenta. Tres años atrás, jamás se le hubiera ocurrido. Las supersticiones eran algo que había superado en su etapa adolescente. Lo cierto es que podía medir cuándo había superado las etapas vitales según los contenidos televisivos que se metía entre ceja y ceja en cada momento.

Nunca fue una niña normal, o no del todo. No veía telebasura, pero sí telenovelas mexicanas. Y no las consideraba dentro de ese grupo de escoria televisiva por el simple hecho de que la definición del término no estaba cerrada. Las telenovelas no hacían daño a nadie; no significaban perseguir previamente a personajes populares con una cámara en mano, ni tampoco inflaban audiencias con primeros y deleznables planos de caras de plástico y audios completamente saturados de voces de supuestos periodistas que discuten sobre la veracidad de hechos que sólo importan a esas mujeres cincuentonas sacadas de principios del siglo pasado.

Eso era lo que conformaba la basura de la televisión contemporánea, para ella. Pero las telenovelas, aunque sí presentaran caras y cuerpos de plástico –muy bien hechos, por cierto-, tuvieran músicas de ambiente que saturaban incluso los espaciosos escenarios de casas de lujo falsamente situadas en Cancún, y ofrecieran contenidos “poco apropiados para la infancia” en horarios moralmente no permitidos, tienen su gracia.

¿O quién no se ha enganchado nunca a un reality, o un semi-reality, o a algo de dudosa calidad? ¿Quién no ha agachado la cabeza alguna vez, reconociendo que prefiere un programa más humano, que uno de contenidos formativos? Seguro que muchos, pero Lara no era una de ellos. No agachaba la cabeza porque no pensaba que hubiera razón para hacerlo. Cada uno tiene sus taras, se decía. Pero ver historias enrevesadas que jamás te ocurrirán a ti, para cubrir esa necesidad de dramatismo que genera la propia televisión, no era una de las suyas.

El verdadero problema, se decía las noches en que alguien le había echado en cara de cierta forma esta afición suya, es que tu cabeza se convierta en la de una serpiente que se muerde la cola y que te acabes creyendo que lo correcto es dar de bofetadas a tus antagonistas, o que cada vez que hagas un comentario lacrimógeno habrá un chascarrillo, o que tu musculado príncipe azul estará esperándote en bóxer en una playa de arena blanca. Nada más lejos. Tú sabes que eso no llegará, y que el idílico y pasado de artificial mundo, creado por esos guionistas perturbados, se quedará dentro de esa caja tonta. La tonta es la caja. No tú.

1 comentarios:

Rocío dijo...

Yo las repudio siempre primero pero... al final me acabo enganchando a las telenovelas XD

Pero pasa igual que con las películas de Disney o con las de Julia Roberts... da igual la calidad que tengan, lo importante es no creer que eso es real.