30/05/08

Historia de vida

Era un día muy caluroso y soleado. Un día cualquiera de verano para aquellos trabajadores madrileños que tenían en común el deseo de que comenzaran sus vacaciones anuales de verano. Mucha gente iba y venía con esa idea en la cabeza, pero no todos querían huir. Había un hombre que había venido para quedarse.

Cargado de esperanzas y sueños, había partido desde muy lejos, acompañado de un amigo que buscaba lo mismo que él: una vida mejor. Con un maletín al hombro cada uno, acababan de llegar a la estación de Atocha. Allí se separaban sus caminos.

Luis acompañó a su amigo al andén que le llevaría junto a su hermano, a Murcia. A él le esperaba aún el trayecto que le conduciría a casa de su cuñada, quien le esperaba impaciente desde hacía semanas.

No quisieron desperdiciar aquel momento, y aprovecharon para tomarse una foto. En Perú, si se lo hubieran pedido a alguien, se habrían quedado sin cámara. Así que, desconfiados, su intuición no les dejó más remedio que hacerse una cada uno, sin dejar rastro de que estuvieron juntos, salvo en sus memorias.

En el taxi, Luis pensó en su mujer y en sus hijas. La culpabilidad le comía por dentro, y es que su hija más pequeña ni siquiera había cumplido un año. “¿Se acordará de mí cuando me vuelva a ver?”, se preguntaba temeroso, mientras se convencía a sí mismo de que si se había separado de su familia era por un buen motivo.

Llevaba 25 años de servicio en el Hospital Naval de la Marina. Si se quedara en su país, tendría que jubilarse en 5 años. Con lo que le dieran en adelante, no podría llevar una vida confortable. Sus 4 hijas no podrían ir a la universidad.

Él no lo sabía, pero vino justo a tiempo. Era el año 1989, y la oleada de inmigrantes aún no había llegado al país. Fueron tiempos difíciles. Luis y su familia tuvieron que abrirse camino en un mundo de miradas extrañadas, poco acostumbradas a ver caras diferentes.

En 2008, esa familia ha tenido tiempo suficiente para integrarse en la sociedad y empaparse de la nueva cultura del país que les acogió. Luis tiene un negocio en el barrio donde vive. Su mujer, un trabajo estable. ¿Y sus hijas?

Bueno, sus hijas también se integraron, pero frustraron el sueño de su padre. Las tres mayores no fueron a la universidad y escogieron caminos diferentes. En cambio, la pequeña cumplió el sueño de un hombre cuyo idealismo hizo que consiguiera su objetivo.

Hoy, esa hija va a la universidad y está sentada al ordenador, tecleando sin parar. Plasmando en papel la vida de su padre, mientras contempla una de sus fotografías.

4 comentarios:

La Chica Que dijo...

Toc toc...
Paso con prisas pero con la promesa de que volveré con más tiempo para leer y comentar lo comentable.
Mientras pásate por mi blog si tienes un ratito :P
Besos

La Chica Que dijo...

Tengo una duda!!!
Porqué dices que tu blog es emo?

supersalvajuan dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
tesla dijo...

Me gustó mucho este texto también (creo que ya te comenté). Sería interesante si intentas hacer lo mismo con un día normal de tu vida, con sus altos y sus bajos, o sus vacíos, no sólo la mitad niniiaaaa.