29/11/09

Pasar página


Hay días en los que parece que no vale la pena escribir... Este no es uno de ellos.

Un defecto que tengo es no poder callar lo que siento. Y las pocas veces que callo, las cosas van bien. Hasta la siguiente vez. Y entonces vuelvo a callar, no digo nada y la bola sigue creciendo. Y lo peor es que creo que la he deshecho con mis manos, pero no, ella sigue ahí, cada vez más grande y más evidente, y yo trato de esconderla debajo de la cama, pero no se deja. Tal vez sea porque mi cama es al estilo japonés.

Y esa segunda o tercera vez, prefiero callar y dejar que las horas de sueño se lleven todo con ellas, aunque ambos sepamos que eso no siempre es efectivo. Me trago la bola sin darme cuenta. Por mi garganta sí que se deja entrar rápido. Y entonces voy por la calle, descalza hacia alguna parte y me acuerdo de ti y no puedo parar de pensar en que busco un imposible, algo que no existe. Y pienso que sería mejor no tener algunas de las cosas que siempre consideré buenas en mí.

¿Para qué ser detallista? ¿Para qué no ser olvidadiza? ¿Para qué ser atenta? ¿Y por qué no seguir siendo la chica 2? La que siempre estará ahí, la que acabará volviendo, la que siempre está a punto de descolgar el teléfono, la que seguirá planificando cenas románticas a la luz de la luna aunque tus excusas ya estén hasta pasadas de moda.

Para qué... Eso mismo me pregunto yo. Mejor ser de esos que no dan nada y lo reciben todo. Mejor ser de esos que no esperan tu llamada, porque saben que, tarde o temprano, llegará. Mejor ser de esos que siempre esperan que vayas a ellos cuando estés mal, y no de los que están cuando lo estás y lo necesitas.

Tú eres una mezcla de eso que más me importa y que más me daña a la mínima. Y ayer reventé. Me he cansado y sospecho que esta es la última vez que voy a ceder, que me voy a dejar vencer por que tú sigas siendo el mismo, mientras yo me planteo mejorar por ti día tras día.

Hay días en los que parece que ya no vale la pena escribir. Y no porque te falte inspiración, sino porque ya estás cansada de escribir la historia inacabada y quieres pasar al siguiente libro. Pero aún no sabes si es el momento.

26/11/09

Sin ti

Sólo sé que ya no puedo. Que contigo, mis problemas huyen por un tiempo. Que chocan contra tu espalda, porque tú me proteges de ellos. Porque creí saltar obstáculos, y ya no estoy segura ni de eso.

Sin ti, vuelven los recuerdos. Ya contigo, no se perdieron. Se aferraron a nosotros mientras yo me agarré a tu pecho, ignorando el mundo exterior. Porque sin ti, vuelvo a ser ese alguien débil que siempre tuvo miedo.

16/11/09

Cosas maravillosas de las que nos arrepentimos: dar

No sé si es porque tengo un mal día o, simplemente, mi carácter es así y me acompañará todos los días hasta que me tenga que ir. El caso es que cualquier pequeña tontería en forma de comentario insolente puede detonar una bomba que no sé si llegará a explotar al final del día o, si por el contrario, el sueño -o su voz, algo igualmente efectivo o más, si cabe- logrará desactivar su efecto en unas horas.

No me gusta la gente. Es una frase que puede sonar a chiste pero, según va fluyendo todo, me voy dando cada vez más cuenta de que, cuanto más lo repito, más lo interiorizo. Llego a ser tan negativa que tengo miedo de conocer a más individuos por temor a intimar con ellos y que acaben decepcionándome. Ridículo, cierto. A veces creo que en mi mente sólo hay teorías conspirativas contra mí, y lo peor de eso es que están perfectamente argumentadas y, muchas veces, son irrebatibles. Quien me conoce, sabe que no se puede discutir conmigo sin acabar astiado.

Y yo también acabo igual de cansada, pero con la sensación de no tener nunca la absoluta razón, cosa que me desconcierta después de haberme oído batallar de forma tan convencida. Muchas veces callo, como todo el mundo, y entonces el conflicto se dispara por otro lado, pero siempre con la misma fuerza. Mis batallas nunca son light. Siempre lucho contra la gente, contra terceros, con todas las armas que tengo. Y si es por escrito, aún mejor.

No me gusta la gente, porque la gente puede encariñarse conmigo. Entonces, suelo tener unas espectativas que cumplir (muchas veces marcadas por mí misma) y las cuales suelo tener muy presentes. Me gusta ponerme listones, pero también ponérselos a los demás.

No me gusta la gente porque, como dije antes, la gente puede decepcionarte. Mi listón me pasa dos cabezas de altura y, si no llegas, o mejor aún, si siento que lo pisas, estás fuera de mi juego. Te descalifico y entonces busco nuevos jugadores y vuelvo a empezar.

Vuelvo a empezar y nunca termino. Esa etapa de renovar amiguitas que debiera ser propia de la adolescencia, me pasó de largo e hice un prolongado uso de ella, hasta el punto de que aún sigo utilizando el comodín del público. Y me cansé de ser siempre la que cree que da, la que nunca se conforma con lo que tiene ni con lo que le dan.

Seguro que hay alguien bienintencionado y aleccionador que me dirá que "hay que conformarse con lo que hay y dar sin esperar nada a cambio". Todo patrañas. ¿De verdad existe quien da sin querer recibir nada? ¿Sin esperar algo de la gente? Y no estoy hablando de gente que quiera exculpar sus pecados y ahora dedique su vida a ayudar al prójimo.

A mí me gusta dar. Me gusta mucho y no lo hago porque sea buena persona, sino porque lo necesito. Soy así, supongo que esa es una de las cosas que van conmigo y, precisamente por eso, a veces (casi siempre) me cuesta entender a quien no da nada si no se lo dices, o a quien simplemente no da nada. La cuestión es que todos nos quejamos cuando no nos dan algo que esperábamos, independientemente de nuestras acciones. Hay que saber ganarse, por lo menos, el derecho a reclamar.

Antes, cometía el error de pensar que no esperaba nada a cambio de lo que daba, pero todos nos equivocamos. Ahora sé que sí, espero cosas. Y no espero que en San Valentín me regaléis bombones ni rosas. No espero que me llames todos los días. Ni espero que me deis regalos de Navidad porque sí. Pero no creo que las llamadas bisemanales o mensuales estén de más, ni un saludo todas las mañanas. Tampoco el tratarme con respeto y tenerme en cuenta, o simplemente darme un poco de vez en cuando, como el dueño que le da una galleta al perro cuando hace algo bien. Creo que son las cosas mínimas, y a veces parece que ni siquiera eso puedo tener.

Ya no sé dónde está el error o si realmente lo hay. Si focalizo mi atención sobre quien no debo o si no sé ver las señales positivas. O si tal vez no haya correspondencia similar entre lo que doy y lo que se me da, y por eso no lo veo.

¿Y qué es lo peor para mí en todo esto, además del evidente come-come? Que no soy capaz de dejar de dar, porque no me sale, y el caso es que, en muchos casos, la ocasión no lo merece.

09/11/09

Hoy


Todo se entrelaza y forma su mezcla hoy. Los peores pensamientos, los de siempre, la tendencia a creer que el futuro está marcado por las cosas que en el presente no suceden, y la esperanza inquieta de tenerlo entre mis manos, tal vez mañana, se materializa hoy.

Estrecharlo es lo que quiero, y mientras, me muero de ganas de mandar todo a hacer puñetas, de decirle a él, a ella y al de más allá que ya pasó, que ya está bien, que no hay peligro y que mi camino es otro, pero que no estoy preparada para el distanciamiento abismal que en el fondo todo el mundo espera que ocurra, aunque no sea hoy.

Porque, en el fondo, hace tiempo que estoy de más en un lugar que por un minuto creí mío, al que me aferré y del que aún cuelgo flojo mientras mis dedos dejan huellas que alguien trata de tapar con tierra, pero con el pie izquierdo, mientras él no mira y yo contemplo su ignorancia y desinterés por los huesos rotos del que ya no es indispensable.

Mis recuerdos me hicieron huir y hoy vuelvo, cuando debería volver a correr cuesta abajo para lograr subir algún día con ayuda de una mentira. Sí, con esas mentiras que se materializan en mis narices, por casualidad, y de las que acabo perdiendo el control. Hoy también, otra vez.

Él se aleja y yo ya no quiero mirar, porque cuando mis engaños de cristal dan contra el suelo, todo renace de dentro hacia afuera con un impulso tan grande que rebota, y que vuelve a salpicarme de lleno. Una gota más en un vaso ya colmado puede seguir sin ser la última, al menos en el mío.

Que alguien me ayude a terminar una historia que empecé a tejer y de la que no se me ocurre un final feliz, porque, en días como hoy, yo no puedo continuar escribiendo mentira sobre mentira en un cuaderno que, si me hablase por puro egoísmo, me diría que volviera a huir porque, sólo cuando me marcho así, es cuando sus páginas son blancas y tranquilas por no torcer aún más la historia inacabada de mis pedacitos rotos.

02/11/09

Lo que importa

Esto es simple: tú vienes y yo me quedo donde estoy. Y ¿qué te dije? Que yo esperaría, que sería una estatua rígida y que no avanzaría como un bebé, a gatas, para darte alcance. Nunca más lo haría. Y ya estás aquí. Desconozco si viniste andando, corriendo, a gatas o reptando, pero eso no es lo importante.

Lo que importa es que estás aquí, que empezaste a subir, resbalando al revés desde mis tobillos, como una gota de hielo, como una nota a destiempo. Y el caso es que suena muy bien. Tan bien, que me embeleso sin quererlo, y no quiero.

Porque tu música no es la mejor que he oído, pero se me ha metido en los tímpanos y ha absorbido todo cuanto es racional en mi cabeza, cegada ahora por impulsos que sólo tú entiendes. Por eso, explícame qué haces para atarme de manos y conseguir que no quiera salir corriendo y que ya no tenga ganas de huir de sensaciones arriesgadas. Tan arriesgadas, que tal vez rompan conmigo.

Tal vez romperán con mis promesas, pero por una vez oigo tu voz cerca y lejos, y sé que no me arrepentiré porque ahora todo se limita a algo que siempre temo, y que sólo hoy controlo. Porque tú y yo tenemos las riendas de lo único que nos puede hacer vulnerables.

24/09/09

A mi ritmo, al tuyo

Siempre despacio, nunca me gustaron las carreras de motos. Prefería otras actividades en las que la velocidad era real, sin motores, sin adhitivos más que tu propia fuerza y voluntad. Prefería ir al parque a correr. Pero entonces llegaste tú con tu velocidad extasiada, y yo te miré extrañada, me quité mis zapatillas de voluntad y me monté contigo.

Ni siquiera me había acostumbrado, cuando el recorrido terminó y yo tuve que bajarme de la moto. Y, en el trayecto, yo pensando en el momento de bajar, de marcharme, pegar un salto desde el asiento trasero y dejarte ahí, con cara de pasmo mientras yo salía ilesa de una caída casi imposible. Y tú sólo mirabas levemente porque no podías hacer más.

Y resulta que ya hemos llegado y tú me dices que esto ha sido todo y yo, tan ingenua, con una cara de pasmo que debería ser tuya, te digo que ya no estoy segura de querer seguir yendo a correr sola a todas partes. Porque no me gustaba tu moto, pero sin ella, y sin ti, se tambalean mis argumentos sobre lo seguro que es salir por la mañana sólo con un par de zapatillas deportivas.

Y sólo ahora, cuando tengo grabado en mi memoria el momento en que me bajé y tú seguiste rumbo hacia ninguna parte, es cuando pienso en por qué me planteé si me gustaba o no tu moto o tu prisa, en vez de disfrutar del paseo.


Y es que no sé hacerlo de otra forma...

28/08/09

Cuestión de gustos

No me gusta decirte adiós.
No me gusta dejar las piezas repartidas encima de la mesa y que todo acabe ahí.
No me gusta poner la mesa y no comer.

No me gusta darte las fichas blancas y quedarme con las negras y hacer como si no pasara nada.
No me gusta quedarme con cara de tonta mientras tú no me miras porque ya no me ves.
No me gusta ver que no te importo.

No me gusta lamer sobras de platos.
No me gusta ser la dos. O tal vez sí. Tal vez sea un papel tan autoconvencido como autoasignado.
No me gusta que me abraces, pero tampoco que no lo hagas. Quiero saber que estás ahí, pero como jugando a las tinieblas, y no me importa no encontrarte.


No me gusta que no mires, pero me gusta no mirar mientras me miras.
No me gusta ser así.
No me gusta ser como todas. Pero soy una más, sin duda.

No me gustas tú, nunca me gustaste.
No me gustas porque eres todo lo que nunca podré tener. Por eso, por eso me gustas.
Me gustas tú porque a veces miras y ya no me gustas.

Me gustas porque cuando no miras me gustas aún más, y eso me gusta.
Me gustas porque lo mío es lo imposible y en el fondo prefiero estar sola.
Me gusta estar sola, pero es mejor si me dejas mirarte.

05/08/09

Lluvia


Despejarme, volver la cara y hacer como si no pasara nada.
Un sol cegador que sólo se prende con tus falsas palabras.
Y cuando ya no mientes, todo se vuelve oscuro
porque no sabes hacerlo mejor, porque nunca te enseñé.

Yo también miento, pero no lo intento.
Tú ayer dijiste que hoy los rayos tostarían mi piel
una vez más con su calor, con el tuyo
y mi ventana hoy sigue cerrada a tu voz.

Porque hoy tengo frío y hace sol ahí fuera.
Porque mis manos se hielan y las tuyas calientan otras
y yo no sé más que bajar los hombros
y aguantar una resignación que nunca llega.

Porque tú piensas que si no me das la mano
encontraré el camino.
Porque yo más, pero tú estás perdido,
aunque en tu burbuja ha parado de llover.

Y en la mía la tormenta no cesa,
porque en Toronto también llueve,
lejos de tu agua,
que convierto en tu veneno nada más tocar mi piel.

Porque en Toronto también llueve,
y no sé cómo pararlo.
Mi ventana no se cierra y sigo viéndote a través de ella
y de las gotas que no cesan de caer.

Toronto y sus calles mojadas
retratan mi mente.
Porque, como en Toronto,
dentro de mí nunca ha dejado de llover.