
No sé si es porque tengo un mal día o, simplemente, mi carácter es así y me acompañará todos los días hasta que me tenga que ir. El caso es que cualquier pequeña tontería en forma de comentario insolente puede detonar una bomba que no sé si llegará a explotar al final del día o, si por el contrario, el sueño -o su voz, algo igualmente efectivo o más, si cabe- logrará desactivar su efecto en unas horas.
No me gusta la gente. Es una frase que puede sonar a chiste pero, según va fluyendo todo, me voy dando cada vez más cuenta de que, cuanto más lo repito, más lo interiorizo. Llego a ser tan negativa que tengo miedo de conocer a más individuos por temor a intimar con ellos y que acaben decepcionándome. Ridículo, cierto. A veces creo que en mi mente sólo hay teorías conspirativas contra mí, y lo peor de eso es que están perfectamente argumentadas y, muchas veces, son irrebatibles. Quien me conoce, sabe que no se puede discutir conmigo sin acabar astiado.
Y yo también acabo igual de cansada, pero con la sensación de no tener nunca la absoluta razón, cosa que me desconcierta después de haberme oído batallar de forma tan convencida. Muchas veces callo, como todo el mundo, y entonces el conflicto se dispara por otro lado, pero siempre con la misma fuerza. Mis batallas nunca son light. Siempre lucho contra la gente, contra terceros, con todas las armas que tengo. Y si es por escrito, aún mejor.
No me gusta la gente, porque la gente puede encariñarse conmigo. Entonces, suelo tener unas espectativas que cumplir (muchas veces marcadas por mí misma) y las cuales suelo tener muy presentes. Me gusta ponerme listones, pero también ponérselos a los demás.
No me gusta la gente porque, como dije antes, la gente puede decepcionarte. Mi listón me pasa dos cabezas de altura y, si no llegas, o mejor aún, si siento que lo pisas, estás fuera de mi juego. Te descalifico y entonces busco nuevos jugadores y vuelvo a empezar.
Vuelvo a empezar y nunca termino. Esa etapa de renovar amiguitas que debiera ser propia de la adolescencia, me pasó de largo e hice un prolongado uso de ella, hasta el punto de que aún sigo utilizando el comodín del público. Y me cansé de ser siempre la que cree que da, la que nunca se conforma con lo que tiene ni con lo que le dan.
Seguro que hay alguien bienintencionado y aleccionador que me dirá que "hay que conformarse con lo que hay y dar sin esperar nada a cambio". Todo patrañas. ¿De verdad existe quien da sin querer recibir nada? ¿Sin esperar algo de la gente? Y no estoy hablando de gente que quiera exculpar sus pecados y ahora dedique su vida a ayudar al prójimo.
A mí me gusta dar. Me gusta mucho y no lo hago porque sea buena persona, sino porque lo necesito. Soy así, supongo que esa es una de las cosas que van conmigo y, precisamente por eso, a veces (casi siempre) me cuesta entender a quien no da nada si no se lo dices, o a quien simplemente no da nada. La cuestión es que todos nos quejamos cuando no nos dan algo que esperábamos, independientemente de nuestras acciones. Hay que saber ganarse, por lo menos, el derecho a reclamar.
Antes, cometía el error de pensar que no esperaba nada a cambio de lo que daba, pero todos nos equivocamos. Ahora sé que sí, espero cosas. Y no espero que en San Valentín me regaléis bombones ni rosas. No espero que me llames todos los días. Ni espero que me deis regalos de Navidad porque sí. Pero no creo que las llamadas bisemanales o mensuales estén de más, ni un saludo todas las mañanas. Tampoco el tratarme con respeto y tenerme en cuenta, o simplemente darme un poco de vez en cuando, como el dueño que le da una galleta al perro cuando hace algo bien. Creo que son las cosas mínimas, y a veces parece que ni siquiera eso puedo tener.
Ya no sé dónde está el error o si realmente lo hay. Si focalizo mi atención sobre quien no debo o si no sé ver las señales positivas. O si tal vez no haya correspondencia similar entre lo que doy y lo que se me da, y por eso no lo veo.
¿Y qué es lo peor para mí en todo esto, además del evidente come-come? Que no soy capaz de dejar de dar, porque no me sale, y el caso es que, en muchos casos, la ocasión no lo merece.